I
Su pelo largo, su barba,
sus harapos por tenida.
En su izquierda un atado de libros,
su espalda distingue el momento,
a su derecha los locos y una pluma.
Su cansino vagar por las fronteras
creando ciudades: el desierto con neón y faroles.
Ensimismado en su duda
Pasa por el mundo.
El errante,
¡salve, Caín!
II
Ya pactó con Él su desidia:
la negación, el primer caso,
sus instrumentos, su causa.
Con la herejía del orgullo.
Destruyó su filiación, rompió el pacto,
no le temió al castigo ni a la culpa,
con su rencor fundó metrópolis.
Escribió la historia en lo profundo de su existencia,
solo hizo caso del azar de los libros
(ideas eternas de nada),
la lógica del mundo, el caos por ruta.
Solo las dudas, solo en la tierra,
cultiva la seguridad del caído.
III
Aún molestan los recuerdos,
sacrificios al negado,
la culpa tentada de los ángeles
es la memoria de lo estable.
Consumió su legado, su herencia
fue descubrir, ebrio, el deseo,
el goce, el placer.
Rotas las cadenas se reflejó en la cultura
con las penas de la sublevación,
conoció la guerra anterior,
esa que no le pertenecía.
Su camino no era del pasado,
era de su vida y sus actos.
(nuestros padres crearon el presente
y sus padres el suyo,
convirtieron el mundo en esto,
y al negarlos veo su obra,
su cobardía, sus dudas, su sumisión).
IV
Su indiferencia creó los engranes,
con su libertad volvieron a crear cadenas,
los de la casta de su hermano
(celos del pasado),
yugo hermético e inconciente,
sembraron la idea de ser libres:
ver la traición.
Pero aun camina por el mundo,
¡salve, Caín!