domingo, enero 30, 2005

Ilusión, el hada

La noche llegó para aconsejarme sobre mi vida, sobre como miro las cosas y a la luna. Sobre como camino por las calles siempre borracho y uno poco loco por la lectura, recitando algún poema aprendido de memoria. No podía seguir el curso que estaba tomando, las manos no podían continuar tocando los acordes de mi desafinada vida. No podía beber alcohol como si se tratara de agua ni fumar como si fuese aire, si bien es lo que bebo y respiro. Llegando a una esquina me encuentro con una mensajera de la luna, pálida, deslumbrante, acaparadora de luz y de recuerdos de otros, me para y pregunta por el fuego. Cuál, respondo. El de tus ojos que se esfumó. Me hace recapacitar, tal vez fue un cumplido porque siempre lo quise así, me mira a los ojos y me dice: te falto, ansías mi piel, deseas mi cuerpo y mis ojos, siempre me quisiste, siempre me adoraste, pero nunca lo dijiste. Me conoces, me mirabas de lejos, viendo como otros se acercaban y tomaban mi mano, como me besaban y se acercaban queriendo más. Veías como los alejaba antes de cumplir con su cometido, sabes que a la luna no la pueden poseer los hombres. Mientras me hablaba sentía como temblaban mis manos, las oculté entre la ropa para que no notara mi temor. Dónde quedó la seguridad con que remarcaba mi indiviualidad, se habrá alejado de mí por temor. De alguna manera busqué en sus palabras un rastro de cotidianeidad, un lugar que nos juntara, en mi mente recorrian recuerdos de tiempos pasados, de tiempos perdidos en espera de algún acto, de alguna mirada antigua que refrescara mis recuerdos y me llevara a encontrarme con ella en el pasado, pero no la recordaba. No la recordaba más que a cualquier mujer que haya conocido en una noche de alcohol, sin embargo algo había en ella que me revolvía el interior. Sentía que era mucho más lo que nos unía. Yo la conocía de antes, lo sentía, pero no la recordaba. Pozó sus blancas manos en las mías y susurrando dijo: recuerda, dentro de tí, buscame entre las cervezas, entre los celos que tenías, que observaba cuando me llenabas de poesías, mientras deambulabas por callejas escondidas de la comuna, esas donde no pasa nadíe y podías beber tranquilo, pero yo te miraba desde el cielo de mi boca, simpre presente, siempre mirando como andabas, siempre susurrando las palabras que querias olvidar. Le grité que no sabía nada, que no conocía mi corazón, que se oxidara como como lo hicieron todas, no la quería recordar. Intenté alejarme corriendo de su vera pero detubo con sus blancas manos, no te alejes, no me temas, no te voy a hacer más daño que el que tenga que ocurrir, que el que merezca el corazón por querer a un hada alada, que te mira ahora, que te quiere recompensar, que te quiere, aunque no creas. En el momento que me dijo hada creí morir. Una mezcla entre angustia y felicidad colmó mi cuerpo, por primera vez en la noche sonreí. La recordé. La conocí una noche de primavera y por su atuendo la nombre pequeñahada. Era menudita y en ese tiempo vestía de rosa como las niñas, sus ojos mostraban una luminosidad ingenua que me cautivó al primer momento mi joven corazón. Se desenvolvió en mí un sentimiento extraño, no era amor, no sé que es eso, pero de alguna manera sentía "algo". Comenzaron a llenar mi mente momentos lejanos del primer encuentro. Otras manos tocando, labios que sentían los suyos, lágrimas que salían de mis ojos y muchos consuelos de su mano y negativas mías, no es por tí, vi perros tras las rejas de su casa y a su padre diciendo que no fuera más, que es mal círculo. Vi orquestas y bailes entre brazos desmerecidos, vi besos. Me desplacé por estás imágenes y se repetían rápidamente. me acerque a sus lábios y al instante de tocarlos escucho vuelve. Me desperté en un sofá tendido y con mi cuerpo vomitado. El consejo, no lo escuché.

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