Sola entró a la habitación, rodeada de laureles,
en su cuello las guirnaldas florecían y se perdían
entre sus pechos de seda y de arena
que caían para contar al tiempo recuerdos tuertos
de una sola luz tenue.
Een sus manos la bebida saltaba buscando una boca
que debiera hidratar una cabeza que llamaba, que pedía,
a gritos los suspiros, no quedaban manos que saciar
no miraba ojos que desgarrar con palabras impuestas
desde los oidos que nos sangran voces añoradas.
No tenia nada que perder, pero poco que ganar.
Se acercó tambaleante hasta la cama, yo no estaba.
Yo la miraba desde el piso negro de mis entrañas
y escupia los besos que no le quería dar en la boca,
pero si en el vaso, cada vez más vacío de ilusión.
Olvidar sus piernas fue un sacrificio mayor, del porte
de mis legañas antes de lavar la falsa y posarme la real.
Me golpeó con las suelas del recuerdo salido a andar
por las calles de la soledad podrida, añejo recuerdo,
saliendo del agujero en que me encontraba me elevé a sus brazos,
siendo el único regazo los abrazos que me daba la amante,
la dueña de otro que podía tocar cuando ella quería,
cuando me visitaba en las noches vestida de novia, y se reía
por que sus manos atentaban mi memoria, fulminándola,
dejando su marca en mi recuerdo y mi espalda cansada.
Se fue dejando, nuevamente, en mi cuerpo el dolor del cansancio
que noche tras noche producía llegando por la ventana y vistiendo mi cama
de dibujos a cuerpos juntos y tinta de humanos en gozo, entiendes,
me decia cuando se iba con el pelo oteando al viento.
Su culo bailaba alejando el dolor, distanciandolo, apagandolo.
Lloré cuando se fue a la vera de su amo, de su sostén.
domingo, enero 30, 2005
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