Asesorada, entremedio recuerda,
Flores, años, días macabros,
Cuando resulta que los aros se pierden
Y se reconocen en los espejos
Vidrios rotos –lugares comunes
En los que cualquiera recitaba-.
Una lágrima cayendo del florero
Antes que se marchara al alba,
Maldita hada dorada de mentiras,
Maldita mujer que roba mis sueños,
Malditos sueños que despiertan agrios besos.
El frío que se derrumba entre sacos tímidos,
En los que no estás, en los que no te recuerdo
Por la inexistencia de buenos despertares, a tu lado,
No cree en mentiras, ni me vuelve duro, lo soy
Tanto que a mis pies se derrumban trapos añejos,
Los malos poemas que escribo,
Los sueños que entre sábanas se casan
Y saborean pestañas de extraños ojos
Que me miran como queriendo inocencia,
Pero no soportan su sordidez enajenada.
Un último café, un último cigarro. Una última copa
Sin brindis, sin cielo, sin voces que canten angelicalmente
Mal, como gorriones o gatos con frío sobre un tejado.
Un último beso en mis sueños y borracho me despido.
sábado, mayo 28, 2005
viernes, mayo 06, 2005
Blanca y verde reviste
Mi pasiva mirada,
De oscuros deseos se inunda.
Alegre y sonriente, triste y pálida,
Trenzando mis piernas a dos caminos,
A gafas rotas, a ojos heridos.
No quiero hadas, son reales
Las manos que la tocan.
Sus líneas hipnotizan mis sentidos.
Subgeto, me encuentro amarrado
A las imágenes idílicas
Del espacio que llena mi deseo.
(vierto mi cuerpo en el cuaderno
y devuelve un resto de mí)
Tal pulcra, tan suelta y directa,
Que comparte mis vicios y alegrías,
Que comparte mis vicios y penas,
Mis dudas, mis temores, ella, segura,
Seguramente dudosa.
Y yo que me pierdo entre las calles
Me pierdo de mis pensamientos profanos,
Con la luna como amiga,
Pobre compañera, que, pálida, la recuerda llena.
Rezo, de rodillas, por primera vez en años,
A una iglesia romana, con un relicario.
Me bautizo con la sangre de sus piernas,
Soy hereje como siempre: mala virgen la parió
Para hacer sufrir mi cuerpo hermano de la cruz.
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