Apagan velas entre dedos,
Amarran dedos a bencina cedida,
Revelan ojos, subvierten, tercos, las aceras.
Se cuece el cuerpo con temor e intentar.
Intentan callar los perros con sus bocinas,
Con la podredumbre de los colmillos afinados
Por ordenes oscuras que inversas sustraen mentes.
Maldito estado, nos encontramos.
Cuando en la mirada se incendia un ocaso
y buscando el recorrido de la tergiversación,
tildándonos de terror, crecemos en la hierba,
sometidos a unos que nos creen someter...
y les dejamos, les dejamos, les dejamos las palabras quemadas
con hollín del viento que los pinta de negro.
Y de nuevo son lo que no son.
De nuevo son golpes en la cara, en los pies,
en los ojos que lloran de impotencia por tener que soportar tantas mentiras
que ciegan a cualquiera.
Importa, importa que sean, ellos, quienes vendan miradas,
quienes guíen de espalda, quienes amarren cabezas a manos,
quienes apuntan el hierro a la nuca.
Importa por que siempre han sido ellos.
Se cuece el terror, se cuece el viento,
se cuece la calle, se cuece más la impotencia
y está a punto de salir del mundo el terror
que impregna venganza por los ojos tirados al piso por ellos.
lunes, diciembre 05, 2005
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