La rata no conoce de alegrías permanentes, ni tampoco de amistades que reporten felicidad, aunque sea a cuentagotas. La rata persevera en su lucha por hacer simetría entre su tristeza prolongada, y la oportunidad de estabilidad emocional del otro. Es el bombero ideal de cielos azulados y arco iris de sonrisas multicolores. Para la rata, que sus cercanos vivan con una pena, cualquiera, o quizá con un resquemor en la mente y corazón, le significa la oportunidad de levantarse al otro día sabiendo que todos viven su pobreza, que todos recitan su desazón, y que no pueden escapar del infierno que la rata ha dibujado de manera fina y sutil para ellos.
Porque la rata en algún momento pudo ser feliz, porque vivía con un sol, un sol de mil colores. Pero un día el sol no soportó el poder del mal que poseía la rata, entonces tomó lo que encontró, y con una pena larga de dejar al lado de la oscura rata a tres nubes blancas, se esfumó a otro planeta para siempre, para nunca más ser opacado por la rata y el negro corazón que poseía.
Entonces la rata no tuvo más remedio que continuar desarmándole ilusiones a las tres nubes blancas que el sol no se pudo llevar. La curiosidad vive en que dos de las tres se volvieron negras, pues no tuvieron más remedio que apagar la sonrisa multicolor y someterse al yugo del dolor y tristeza que la rata había tejido con tesón para ellos. Sin embargo, una sola blanca nube se mantuvo firme, pues era el fiel reflejo del sol, con algunas desmejoradas inquietudes, pero que mantenía el espíritu de su mentor: la felicidad.
La rata al ver que su plan tenía un peligroso disidente, se ocupó de buscar en el manual mil y una artimañas de las efectivas, que provocaran socavar el eslabón final del sol en la tierra.
Si la nube blanca tenía amistades, la rata tenía suficientes raciones de males para derrotarlos a todos. Cualquier descuido o error de la nube blanca era riqueza para la rata.
Así y todo, la nube blanca, cuando quedaba poco para ceder a la presión del mal, encontró la reencarnación de la felicidad de su mentor el sol. Era una pequeña flor, que poseía un millón de colores, un millón de sentimientos llenos de ilusión. Entonces, sin más demora, la nuble blanca se le unió y se hicieron mucho más que dos. Renovada la nuble volvió al enmarañado lugar de la rata, que le tenía preparado un agasajo de nuevas tristezas que pretendían opacar su corazón. Pero la nube se hizo aún más fuerte, entonces tomó lo que encontró, e imitando a su mentor se fue sin decir adiós. Se llevó consigo a la flor, y hoy buscan de planeta en planeta a un sol que triste espera con impaciencia que lo encuentren sus nubes que dejó en la tierra, y que recobre el misticismo y color de mil arco iris, de millones de nuevos cielos azulados llenos de vida. Para allá va la nuble y su flor.
Porque la rata en algún momento pudo ser feliz, porque vivía con un sol, un sol de mil colores. Pero un día el sol no soportó el poder del mal que poseía la rata, entonces tomó lo que encontró, y con una pena larga de dejar al lado de la oscura rata a tres nubes blancas, se esfumó a otro planeta para siempre, para nunca más ser opacado por la rata y el negro corazón que poseía.
Entonces la rata no tuvo más remedio que continuar desarmándole ilusiones a las tres nubes blancas que el sol no se pudo llevar. La curiosidad vive en que dos de las tres se volvieron negras, pues no tuvieron más remedio que apagar la sonrisa multicolor y someterse al yugo del dolor y tristeza que la rata había tejido con tesón para ellos. Sin embargo, una sola blanca nube se mantuvo firme, pues era el fiel reflejo del sol, con algunas desmejoradas inquietudes, pero que mantenía el espíritu de su mentor: la felicidad.
La rata al ver que su plan tenía un peligroso disidente, se ocupó de buscar en el manual mil y una artimañas de las efectivas, que provocaran socavar el eslabón final del sol en la tierra.
Si la nube blanca tenía amistades, la rata tenía suficientes raciones de males para derrotarlos a todos. Cualquier descuido o error de la nube blanca era riqueza para la rata.
Así y todo, la nube blanca, cuando quedaba poco para ceder a la presión del mal, encontró la reencarnación de la felicidad de su mentor el sol. Era una pequeña flor, que poseía un millón de colores, un millón de sentimientos llenos de ilusión. Entonces, sin más demora, la nuble blanca se le unió y se hicieron mucho más que dos. Renovada la nuble volvió al enmarañado lugar de la rata, que le tenía preparado un agasajo de nuevas tristezas que pretendían opacar su corazón. Pero la nube se hizo aún más fuerte, entonces tomó lo que encontró, e imitando a su mentor se fue sin decir adiós. Se llevó consigo a la flor, y hoy buscan de planeta en planeta a un sol que triste espera con impaciencia que lo encuentren sus nubes que dejó en la tierra, y que recobre el misticismo y color de mil arco iris, de millones de nuevos cielos azulados llenos de vida. Para allá va la nuble y su flor.
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