lunes, enero 24, 2005

Despertando de una borrachera

Despertando de noche con el sudor de mi cuerpo, desgarrado
por ríos de vomito en mis encías,
tras una jornada trasegando lo que venga
y fumando algunas colas encontradas en un pantalón.
Miro el techo y alejo los pormenores de ayer,
jornada que me pintó de cielorraso y de neblina,
cuando desesperado busqué entre una ropa un poco de calor,
pero mi cuerpo no encontraba respuestas a mis mandatos
de poder tocar como quería, cuando quería, sin el desfase del tiempo.

El espacio fue el que encontré en la madrugada, solo, buscando un recurso,
un desierto de imágenes vengadas,
de la avaricia para consumir la noche contigo,
sin pensar que era lo que deseabas, sin preguntar.

Vuelvo a repasar el destino que sufro cuando me emborracho
y llegan a molestarme los demonios cotidianos
que trato de evitar en cada momento de realidad,
metiéndome en el cuerpo lo que pueda soportar
el corazón de buitre.

Siento pena de mí y de los que me rodean
por soportar las desdichas que nos da el mundo,
pero no pretendo mejorar mi apatía
con un nuevo evangelio
que interpreto como me venga.
(El tino de pormenores a mis musas
por un calor que requiebre mi voz un instante,
pero al que no puedo acceder por ir en pedo a diario.
Me lo repetí más de una vez: mejor hablar a pasar vergüenza).

Prendo un incienso en el baño junto al lavabo
y me tiendo en la tina para un baño de fría espuma,
me acerco un par de cervezas y vuelven
a recibir mis pedradas los ángeles guardianes,
a los que no tolero por entrometidos.

Mi conciencia se llena de helada
mientras mis brazos soportan el peso de mi alma.
El mundo se pudre alrededor y yo me pudro solo,
independiente de las otras desgracias
y me afecta pensar en mí, solo en mí.

Alguien dijo anoche que en mí confiaba,
pero no recuerdo su rostro ni sus ojos,
ni su intención ni sus palabras justas,
y un momento me sentí acompañado.
No recuerdo si fue tan solo mi reflejo
o los brazos de quien me acurrucó por la mañana.

Vomito sobre mí estas palabras,
luego esputo ideas sobre lo que queda,
lloro un poco al ocultarse el sol de mis paredes.
Todo da vueltas alrededor de mi ventana.
El mundo fuera del cuarto del baño
y dentro de mi cabeza llora la falta de memoria
de cuarenta y ocho horas de inexistencia.

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